Francisco José García Navarro
15 de abril de 202625 años escribiendo código: del Amstrad al App Store
" Un cuarto de siglo programando, desde los CDs piratas del instituto hasta apps con 218 millones de usuarios — y por qué esta profesión no te deja parar nunca. "
De vender CDs piratas en el instituto a desarrollar apps con 218 millones de usuarios. De estudiar con biblias de programación en el autobús a aprender con IA. Esta es la historia de una profesión que nunca te deja parar — y por qué eso es lo mejor que tiene.
Todo empezó con un niño que no podía dejar de tocar los botones.
Antes de saber lo que era un bucle for, ya estaba desmontando cosas para entender cómo funcionaban. Tengo una foto de cuando era pequeño, agarrado a una radio de radioaficionado como si fuera el panel de control de una nave espacial. La tecnología me fascinaba de una forma que no podía explicar. Simplemente, no podía dejar de tocarla.

Hoy, 25 años después de mi primer día de trabajo como programador, sigo sintiendo lo mismo. Y si algo he aprendido en este tiempo es que esta profesión no te deja parar nunca. Siempre hay algo nuevo que aprender, algo que no entiendes del todo, algo que puede hacerse mejor. Para algunos eso es agotador. Para mí, es lo más divertido que existe. Si quieres ir directo a las lecciones que me llevo de estos 25 años, salta aquí.
En este artículo:
- Los videojuegos lo cambiaron todo
- Con 16, mi primer "negocio"
- Con 18, soldado profesional
- Con 19, mi primer trabajo como programador
- La era del diseño web: mi propia oficina con 23 años
- Madrid: las ligas mayores
- CTO de una startup que se vendió por 80M€
- El Museo Thyssen: mi oficina en un palacio
- 12 años sin título oficial
- El salto a iOS
- La startup que no funcionó
- AtalayaSoft: el proyecto definitivo
- Los grandes clientes
- Forbes, Malt, y el reconocimiento
- Lo que he aprendido en 25 años
- ¿Y los próximos 25?
Los videojuegos lo cambiaron todo
Mi pasión por los videojuegos fue lo que me llevó a la programación. Quería entender cómo se hacían los juegos que jugaba en mi NES y mi Game Boy. Así que un día, con 13 años, me senté delante de un Amstrad CPC 6128 y empecé a programar mis primeros juegos.
Aquellos ordenadores fueron mi escuela. Un Amstrad CPC con su pantalla verde y un PC con el que jugaba al Wolfenstein 3D. Aprendí BASIC, luego Pascal, luego C. Mis primeros libros fueron el manual del Amstrad 464/6128 Plus, el manual de DIV Games Studio — un motor de creación de videojuegos español que fue revolucionario en su época —, un libro de Delphi 5 y otro de C++. Libros gordos, pesados, de los que llevabas bajo el brazo como si fueran ladrillos. Las "biblias" de programación.
Nadie me enseñó. Nadie en mi entorno programaba. Simplemente tenía curiosidad y tiempo. Siempre he sido muy autodidacta. Y eso, 25 años después, no ha cambiado ni un ápice.


Con 16, mi primer "negocio"
Con 16 años monté mi primer negocio. No era exactamente legal: vendía CDs de juegos pirata en el instituto. En Algeciras, a finales de los 90, eso era lo más parecido a un e-commerce que podías montar.
El proceso tenía su ingeniería. Iba a cibercafés a descargar cracks para juegos. Alquilaba juegos originales, los ripeaba, les añadía el crack, y luego montaba un menú interactivo con una aplicación llamada Notebook para que el CD tuviera su propia interfaz de selección. Así creaba mis propios packs de juegos personalizados — CDs Verbatim, disquetes, y mucha paciencia. Para un chaval de 16 años en Algeciras, aquello era un sistema de producción en toda regla.
Ese fue mi primer contacto con el mundo digital como algo más que un hobby. Ya no solo quería consumir tecnología — quería vivir de ella.

Con 18, soldado profesional
A los 18 años me fui de casa. Necesitaba salir y la forma más rápida que encontré fue alistarme como soldado profesional.
Me destinaron a Ceuta, en el norte de África. Pasé 18 meses protegiendo la frontera de España, haciendo guardias en la valla fronteriza y en un polvorín de munición. No era exactamente el entorno más estimulante para un chaval que lo que quería era programar.
Pero mientras mis compañeros gastaban el sueldo en coches, fiestas y otras cosas, yo me compré un portátil con Windows 2000 y un módem. Y en mi tiempo libre, en el cuartel, estudiaba programación web. HTML, CSS, las primeras nociones de lo que sería mi carrera profesional.
Ese portátil fue la mejor inversión de mi vida. Cada peseta que gasté en él me devolvió cien veces más en oportunidades.

Con 19, mi primer trabajo como programador
Con 19 años conseguí mi primer trabajo como desarrollador en Algeciras. Era el año 2001. La burbuja puntocom había estallado, pero en España el desarrollo web seguía en plena expansión. Las empresas necesitaban webs, y yo sabía hacerlas.
Empecé en Ok Computer, una pequeña empresa de desarrollo web. De ahí pasé a Cherrytel Comunicaciones, donde trabajé como desarrollador web y multimedia. No tenía título universitario, no tenía contactos en el sector, no tenía nada excepto lo que había aprendido por mi cuenta con aquel portátil que me compré con el sueldo de soldado.
Pero sabía programar. Y eso fue suficiente.
Recuerdo perfectamente mi primer año de trabajo. Iba en autobús todos los días con una biblia de programación de ActionScript y Flash debajo del brazo. Un libro enorme, de esos de 800 páginas que pesaban como un ladrillo. Lo leía en el trayecto de ida y en el de vuelta. Era mi universidad particular sobre ruedas.
Antes se estudiaba así: con biblias. Libros enormes de Anaya Multimedia, O'Reilly, Ra-Ma. No había YouTube, no había Udemy, no había Stack Overflow. Si querías aprender PHP, te comprabas "La Biblia de PHP" y te la leías entera. Si querías aprender Flash, te comprabas el manual de ActionScript y lo estudibas línea por línea. El conocimiento pesaba — literalmente — y tenías que ganártelo.

La era del diseño web: mi propia oficina con 23 años
Con 23 años fundé FJNavarro Estudio de Diseño en Estepona, Málaga. Mi primera oficina propia. Diseño gráfico, desarrollo web, hosting, imprenta — hacía de todo. Era 2004 y tener un estudio de diseño web en la Costa del Sol era como tener una mina de oro.
Recuerdo el escaparate con mis servicios escritos en el cristal: "diseño gráfico, infografía, espacio web, hosting, imprenta". Y mi nombre en un letrero comercial en la fachada: FJNavarro Estudio de Diseño. Ver eso con 23 años — mi propia empresa, mis propios clientes — fue un momento que nunca olvidaré. El chaval que vendía CDs piratas en el instituto ya tenía su propio estudio de diseño y desarrollo web, trabajando para clientes en Marbella, Estepona y Málaga. Inmobiliarias de lujo en Puerto Banús, agencias de publicidad, empresas locales que necesitaban su primera web.
Pero también aprendí algo que no enseñan los libros de programación: gestionar un negocio es mucho más que saber escribir código. Clientes que no pagan, presupuestos que se quedan cortos, competir en precio con gente que cobra la mitad. Lecciones que me curtieron y que aplico cada día en AtalayaSoft.
Después trabajé en Carintia Comunicación, la agencia de publicidad más grande del Campo de Gibraltar, donde fui punto de apoyo para otros desarrolladores e incluso sustituía a la jefa de departamento. Ahí me convertí en desarrollador web senior de verdad. PHP, MySQL, JavaScript, Flash — el stack de la época. Eran los años de las webs hechas enteramente en Flash, con intros animadas y menús que se desplegaban con efectos. Un mundo que hoy parece prehistórico.
De Carintia pasé a AlienVault, una startup de ciberseguridad con sede en Silicon Valley pero con oficinas en España. Trabajé en el departamento de I+D del proyecto open source OSSIM. AlienVault luego sería adquirida por AT&T por una cantidad no revelada, pero habían levantado 120 millones de dólares en rondas de inversión. Fue mi primera experiencia en el mundo startup con capital serio detrás.


Madrid: las ligas mayores
En 2011 di el salto a Madrid. Andalucía se me había quedado pequeña. Necesitaba crecer profesionalmente, y Madrid era donde estaban las oportunidades grandes.
Y la primera fue La Nevera Roja.
CTO de una startup que se vendió por 80 millones de euros
Con 30 años me convertí en CTO de LaNeveraRoja.com. Éramos 6 personas trabajando en un ático de Madrid. Una startup de reparto de comida a domicilio. Sí, antes de que Glovo, Uber Eats o Deliveroo existieran en España.
La Nevera Roja era el equivalente español de Just Eat, Wolt o DoorDash. Y yo era el responsable de toda la tecnología.
La empresa creció hasta estar presente en más de 600 ciudades españolas con 7.000 restaurantes asociados y 30 tipos de cocina de todos los continentes. En 2015, Rocket Internet la adquirió por 80 millones de euros, y posteriormente fue vendida a Just Eat como parte de un paquete que incluía otros mercados por 125 millones de euros.
Fue una experiencia brutal. Construir tecnología desde cero, escalar un producto, gestionar decisiones técnicas que afectaban a miles de usuarios y restaurantes. Aprendí más en esos meses que en años de trabajo convencional. Y sobre todo aprendí que la tecnología no es un fin en sí mismo — es una herramienta para resolver problemas de negocio. Esa lección me la llevo grabada.

El Museo Thyssen: mi oficina en un palacio del siglo XVIII
Paralelamente a La Nevera Roja, y durante varios años después, trabajé con Acilia Internet en proyectos para clientes de primer nivel: National Geographic, Fox International Channels, Museo Thyssen-Bornemisza, BBVA, y el Grupo Condé Nast (Vogue, Vanity Fair, Glamour, GQ) en España y Francia.
Mi oficina durante la etapa del Thyssen estaba en el Palacio de Villahermosa, un palacio del siglo XVIII en pleno Paseo del Prado de Madrid, sede del museo. Trabajaba en el sitio web del museo, rodeado de arte, con vistas a una de las calles más bonitas de Madrid. Era surrealista: un chaval de Algeciras que había vendido CDs piratas en el instituto, trabajando en un palacio con obras de Rembrandt y Caravaggio en las paredes del piso de abajo.
Me encantaba esa oficina. Pero lo que más me marcó del Thyssen fue la gente. Ana Álvarez Lacambra, responsable de Web y Nuevos Medios del museo, escribió sobre mí: "sus mejores cualidades son su proactividad, su interés por el aprendizaje continuo y estar al día en tecnologías".
Aprendizaje continuo. Esa frase resume mi carrera mejor que cualquier título.

12 años sin título oficial — y por qué importa
Durante 12 años trabajé como ingeniero de software sin ninguna titulación oficial. Mi CV era mi código y los proyectos que había entregado. Nadie me pidió nunca un título porque los resultados hablaban por sí solos.
Cuando estaba en el Thyssen, decidí sacarme el título de Técnico Superior en Desarrollo de Aplicaciones Multiplataforma. Más por curiosidad que por necesidad. La realidad es que no aprendí nada nuevo que aportara a mi carrera profesional — llevaba 12 años haciendo lo que el curso enseñaba. Pero fue una experiencia, y me permitió validar oficialmente lo que ya sabía hacer.
Esto no es una crítica a la educación formal. Es una realidad de esta profesión: lo que aprendes en un aula caduca muy rápido. Lo que te mantiene relevante es la capacidad de aprender por tu cuenta, de adaptarte, de seguir estudiando cuando nadie te obliga. Y eso no te lo da un título — te lo da la curiosidad.

El salto a iOS: porque el web ya no me retaba
En 2013 asistí a deSymfony en Madrid, una conferencia de desarrollo web con Symfony/PHP. Fue allí donde me di cuenta de algo que llevaba tiempo sintiendo: el desarrollo web ya no me retaba. Llevaba más de una década haciéndolo. Dominaba PHP, Symfony, JavaScript, Flash, ActionScript, MySQL, y todo el ecosistema web de la época. Podía construir cualquier cosa que me pidieran.
Y precisamente por eso necesitaba un cambio. Me encantan los retos. Cuando algo deja de ser difícil, deja de ser interesante. Necesitaba volver a sentirme principiante.

Así que decidí pasarme a iOS. El "Level 3: HARD" que necesitaba.
Durante el día trabajaba como desarrollador web para empresas en Madrid. Por las noches, me quedaba aprendiendo desarrollo iOS: viendo vídeos de la WWDC, leyendo la documentación de Apple, programando apps de práctica en Objective-C. Dormía 5 horas al día. Pizza, café, Xcode, repetir.
Fue duro. Muy duro. Aprender un lenguaje nuevo, un paradigma nuevo, un ecosistema completamente diferente — todo mientras mantenías un trabajo a jornada completa. Pero la dificultad era exactamente lo que buscaba. Volver a sentir esa sensación de no entender algo, de tener que pelearte con un concepto hasta que hace click, de ir a dormir pensando en un problema y despertarte con la solución.
Eso es lo que me engancha de esta profesión. La carrera no termina nunca.

De las biblias de programación a los cursos online, de los cursos online a la IA. La forma de aprender ha cambiado radicalmente en 25 años, pero hay algo que no ha cambiado: la necesidad de seguir haciéndolo. Esta profesión es una carrera sin línea de meta. Cada año Apple lanza nuevas APIs, nuevos frameworks, nuevas versiones de Swift. Y a día de hoy, con 25 años de experiencia, sigo estudiando, sigo haciendo cursos, sigo viendo las sesiones de la WWDC como si fuera la primera vez. Para mí eso no es una carga — es lo más divertido de la profesión.
La startup que no funcionó — y lo que aprendí
No todo en 25 años han sido éxitos. En 2017, junto con un equipo de 6 personas, cofundé HuaShengTong (花生通), una app para la comunidad china residente en el extranjero y para personas interesadas en la cultura asiática. Fui CEO y desarrollador iOS al mismo tiempo.
No funcionó. Y está bien decirlo. No fue por motivos técnicos — el producto se construyó bien. El error fue mío: no validé suficientemente la alineación del equipo antes de arrancar. Éramos 6 personas con visiones diferentes, y cuando eso se hizo evidente, ya era tarde para reconducirlo. Al final, lo dejamos.
De HuaShengTong aprendí lecciones que ningún proyecto exitoso me habría enseñado: que un equipo desalineado es peor que no tener equipo, que no basta con saber construir — hay que saber con quién construyes, y que a veces la mejor decisión es soltar un proyecto a tiempo en lugar de arrastrarlo.
AtalayaSoft: el proyecto definitivo
En 2019, junto con Dandan Chang Wang, fundamos AtalayaSoft. Una empresa de desarrollo iOS registrada en Estonia, operando desde Praga. Nuestro negocio familiar. Nuestra atalaya.
Dandan aporta algo que ningún desarrollador puro tiene: visión de negocio internacional. Trilingüe en inglés, español y chino, con experiencia en comercio internacional y marketing, se encarga de la estrategia comercial, la comunicación con clientes y la gestión de la empresa, además de contribuir al desarrollo iOS. AtalayaSoft funciona porque combinamos lo técnico y lo comercial sin fricciones.
AtalayaSoft es la culminación de todo lo que he aprendido en 25 años — incluido lo de HuaShengTong. Dandan y yo estamos alineados al 100%. Sabemos exactamente qué somos y qué no somos. Esa claridad viene de haber aprendido lo que pasa cuando no la hay. No somos una agencia que acepta cualquier proyecto. Somos contractors iOS senior que se integran en equipos enterprise para resolver problemas reales: migrar apps legacy de UIKit a SwiftUI sin romper nada, implementar accesibilidad para cumplir con la European Accessibility Act, diseñar arquitecturas de IA on-device con el nuevo Foundation Models de Apple, resolver los muros de errores de Swift 6 con concurrencia estricta.

Los grandes clientes
A través de AtalayaSoft, he trabajado con algunas de las empresas más grandes de España y Europa. Cada proyecto me ha enseñado algo diferente.
Banco Santander — Formé parte del Core Team de OneApp Europe, la app que usan 15 millones de personas en España, Portugal, Reino Unido y Polonia. Valorada con 4,7 sobre 5 en la App Store con más de 354.000 valoraciones. Trabajar en el equipo core de una app bancaria de esa escala te enseña lo que significan de verdad las palabras "escalabilidad", "seguridad" y "no puedes romper nada porque hay 15 millones de personas que dependen de esto".
Ricardo Gallo, Director de Tecnología para OneApp Europe en Santander, escribió: "se distingue por su rigor y compromiso con la calidad en cada tarea que emprende. Su trabajo se basa en los principios de Arquitectura Limpia y SOLID".
Zara (Inditex) — La app de moda más descargada del mundo, con 218 millones de usuarios. Inditex es un monstruo de la ingeniería de software, y participar en su ecosistema iOS fue una masterclass en cómo se construyen productos a escala global.
Juegos ONCE — Aquí la accesibilidad no era un extra, era el corazón del producto. La ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles) tiene la inclusión como razón de ser. Trabajar en una app donde cada pantalla, cada botón, cada interacción tenía que funcionar perfectamente con VoiceOver me cambió la perspectiva como desarrollador. Me hizo entender que la accesibilidad no es un checkbox en un formulario de compliance — es una responsabilidad con las personas que usan tu software. Esa experiencia transformó la accesibilidad de una obligación técnica en una convicción personal — y es la base de nuestro servicio de accesibilidad iOS para cumplir con la EAA.
Indra — Firma electrónica con certificados digitales para documentos oficiales. Seguridad de primer nivel. Desarrollé SDKs de firma y una plataforma de firma multicliente en iOS. Cuando trabajas con firmas electrónicas y certificados digitales, la margen de error es cero.
El País — El periódico en español más leído del mundo, con más de 65 millones de lectores mensuales. Me incorporé para desarrollar funcionalidades clave con plazos ajustados. Una app en iPhone, iPad, Apple TV y Apple Watch, en 30 idiomas.
B-FY (Biocryptology) — Trabajé como desarrollador iOS principal en una empresa de ciberseguridad especializada en identidad biométrica. Frameworks de cifrado, seguridad a bajo nivel, Bluetooth BLE sin SDK. De los proyectos más técnicamente desafiantes de mi carrera.
AXA, Direct Seguros, Salvamento Marítimo — Cada proyecto un mundo diferente. Seguros, emergencias marítimas, servicios críticos. Lo que tienen en común: todos necesitaban soluciones iOS robustas, y todos confiaron en mi experiencia.

Forbes, Malt, y el reconocimiento
En 2022, Forbes me destacó en una entrevista como una de las principales referencias freelance en España. Fue un momento surrealista: el chaval de Algeciras que iba en autobús con un libro de ActionScript, citado en Forbes.
En Malt — la plataforma francesa que conecta empresas con expertos freelance — conseguí el reconocimiento de Super Malter y Malt Linker, con más de 18 reseñas positivas de clientes. Son sellos que solo obtiene un porcentaje muy pequeño de freelancers y que validan años de trabajo consistente.
También fui invitado a dar un webinar en KeepCoding titulado "Cómo ser nómada digital como programador móvil", donde compartí mi experiencia y mi forma de entender esta profesión.
Estos reconocimientos no los busqué — vinieron solos cuando llevas años haciendo bien tu trabajo. Pero me recuerdan algo importante: en esta profesión, tu reputación es tu activo más valioso. Se construye proyecto a proyecto, cliente a cliente, año tras año.

Lo que he aprendido en 25 años
Si tuviera que resumir un cuarto de siglo en unas pocas lecciones, serían estas:
La curiosidad vale más que un título. Empecé a programar a los 13 años sin que nadie me enseñara. Trabajé 12 años sin titulación oficial. Lo que me abrió puertas no fue un diploma, sino saber resolver problemas que otros no podían.
Nunca dejes de aprender. A día de hoy sigo estudiando. Sigo haciendo cursos. Sigo experimentando con tecnologías nuevas. El día que pienses que ya lo sabes todo, el mercado te adelanta por la derecha. Esta profesión es una carrera sin línea de meta — y para mí, eso es lo mejor que tiene.
Invierte en ti mismo, especialmente cuando nadie más lo hace. Mientras otros gastaban en fiestas, yo me compré un portátil. Mientras dormían, yo aprendía iOS. No es que sea mejor que nadie — es que cuando quieres algo de verdad, encuentras la forma. Y el mejor retorno de inversión siempre es invertir en tus propias habilidades.
Cambia antes de que te obligue el mercado. Dejé el desarrollo web cuando era cómodo porque sabía que la comodidad es el preludio de la obsolescencia. Flash murió. Las webs con intros animadas murieron. El que se quedó ahí, tuvo que reinventarse desde cero. El salto a iOS fue la mejor decisión profesional de mi vida, y la tomé cuando todo iba bien — no cuando iba mal.
Trabaja en lo que te asuste un poco. Los proyectos que más miedo me daban — ser CTO de una startup, trabajar en la app de un banco con 15 millones de usuarios, construir frameworks de cifrado, implementar accesibilidad para personas con discapacidad visual — fueron los que más me hicieron crecer. Si un proyecto no te da un poco de vértigo, probablemente te estás quedando en tu zona de confort.
No tengas miedo de fracasar. Mi primer estudio de diseño duró un par de años. Impagos de clientes, un mercado complicado — emprender en Andalucía no es fácil. No todos los proyectos salen bien. Pero cada fracaso te enseña algo que ningún éxito puede.
No tengas miedo de soltar. HuaShengTong no fracasó por el producto — fracasó porque yo no invertí suficiente tiempo en validar que todos los socios compartiéramos la misma visión antes de empezar a construir. A veces lo más inteligente no es insistir, sino reconocer que el equipo no funciona y soltar a tiempo. Esa decisión también es una forma de éxito.
Ser bueno técnicamente no es suficiente. Durante años pensé que con ser un gran programador bastaba. Que si el código era bueno, el éxito vendría solo. No funciona así. He tenido que aprender marketing, ventas, negociación, gestión de clientes, posicionamiento — habilidades que ningún curso de Swift te enseña. La ambición y el talento técnico sin habilidades de negocio te convierten en un gran empleado. Con ellas, te convierten en alguien que puede construir algo propio.
Construye algo tuyo. He fundado varias empresas a lo largo de mi carrera. Algunas funcionaron, otras no. Pero AtalayaSoft, el proyecto que Dandan y yo construimos juntos, es la que más sentido tiene. Porque no solo refleja lo que sé hacer, sino cómo quiero vivir.

¿Y los próximos 25?
Si algo he aprendido en 25 años es que quedarse haciendo lo mismo para siempre es la forma más segura de estancarse. Y yo nunca he sido de quedarme quieto.
He construido productos para otros toda mi vida. Apps con millones de usuarios, plataformas que se vendieron por decenas de millones, sistemas de seguridad para bancos. Cada proyecto me ha enseñado algo. Pero hay una pregunta que llevo tiempo haciéndome: ¿qué pasa cuando toda esa experiencia la pones al servicio de algo completamente tuyo?
No hablo de montar otra consultora ni de ofrecer otro servicio más. Hablo de construir productos propios. De aplicar todo lo que he aprendido en accesibilidad, en IA, en arquitectura, en experiencia de usuario — no para resolver el problema de un cliente, sino para resolver problemas que yo mismo quiero resolver. De pasar de ser el que construye las ideas de otros a ser el que construye las suyas.
Dandan y yo ya hemos empezado a caminar en esa dirección. No puedo contar mucho más por ahora, pero los próximos años de AtalayaSoft van a ser muy diferentes a los anteriores. El capítulo que viene no es una continuación — es una evolución.
Mientras tanto, seguimos haciendo lo que mejor sabemos: integrarnos en equipos enterprise como iOS architects, ayudar a empresas a cumplir con la EAA, y llevar Apple Intelligence a apps que lo necesitan. Si tu equipo necesita esa experiencia, hablemos.
Y si los primeros 25 años me han enseñado algo, es que los cambios más importantes son los que haces cuando las cosas van bien, no cuando van mal.

25 años después
Hoy, con 25 años de experiencia profesional a mis espaldas, sigo sintiendo lo mismo que sentía aquel niño de 13 años delante de un Amstrad: ganas de construir cosas.
La tecnología ha cambiado radicalmente. Aquellos CDs piratas son ahora apps en el App Store. Aquel portátil con Windows 2000 es ahora un MacBook Pro con Xcode. Aquel ático con 6 personas en Madrid es ahora un pequeño estudio de desarrollo iOS operando desde Praga. Aquellas biblias de ActionScript que leía en el autobús son ahora sesiones de la WWDC que veo en streaming. Aquellas webs en Flash son ahora apps nativas con SwiftUI y concurrencia estricta.
Pero la esencia sigue siendo la misma: un tipo que disfruta resolviendo problemas con código. Un tipo que sigue aprendiendo cada día. Un tipo que a los 25 años de carrera todavía se emociona cuando una nueva API de Apple le abre posibilidades que no existían ayer.
Gracias a todos los compañeros, clientes, mentores y amigos que han formado parte de este camino. A Alberto Ramírez, que dijo que fui "un auténtico referente" para él cuando trabajamos juntos. A Pablo Vargas, que me describió como "un tipo excelente" además de profesional. A Ricardo Gallo, a Manuel Losada, a Ana Álvarez, a Raúl Fernández, a Iban García, y a todos los que confiaron en mí cuando no tenía título, ni contactos, ni nada excepto ganas de aprender y código que funcionaba.
Y a Dandan, por construir AtalayaSoft conmigo y hacer que este viaje tenga aún más sentido.
Aquí van otros 25 más.

¿Tú también llevas años en esto? Me encantaría conocer tu historia. Escríbeme a fran@atalayasoft.com o cuéntamelo en LinkedIn. Los próximos 25 prometen.
Y si tu equipo necesita un iOS architect senior con esta experiencia, esto es lo que hacemos y así podemos empezar.
Sobre el autor
Francisco José García Navarro
Francisco José García Navarro es el cofundador y CEO de AtalayaSoft e ingeniero de software iOS experimentado con más de 25 años en desarrollo de software. Especializado en aplicaciones iOS nativas, Francisco tiene una amplia trayectoria trabajando con clientes de alto perfil como Banco Santander, Fox International Channel, Repsol y National Geographic.